
MANIOBRAS AÉREAS
Ficción
Hace varios años que no sufría un virus como el que ahora me tiene apestado. Sudo, pero a la vez siento frío. Mis ojos no dejan de llorar, mientras los músculos de mis piernas, mis brazos y mi cuello se contraen, causándome dolor. Y, para acabar de ajustar, la sed me ha hecho perder el apetito.
Así he completado tres noches con sus días, resignado a la rutina de hidratarme, limpiarme el sudor e intentar descansar, pues no he logrado conciliar un sueño profundo.
Anoche tenía más fiebre, por eso me acosté pasadas las ocho. Algo temprano, teniendo en cuenta mis nocturnas tareas de escritura.
Boca arriba, sobre la cama que heredé de mi abuela, recordaba con terror aquellas imágenes de los muertos y mutilados en Gaza, pensando que la política actual no representa los ideales liberales de la democracia que defendieron nuestros abuelos.
Y en un intento por solazar mi mente con algo de humor, escuché al Negro Dolina en su segmento “Te voy a partir el alma”, dedicado a La felicidad del ama de casa argentina. Buscaba motivos para entretejer una ficción, para perderme en movimientos repentinos que, partiendo de una narración cualquiera, me ayudasen a revelar, furiosamente, el entramado de acción de una novela que escribo.
La fiebre se intensificó, preparé una aguapanela caliente y me volví a acostar en la cama de mi abuelita. Entonces fue cuando saqué del nochero ese libro de cuentos de Silvina Ocampo, llevándome una gran sorpresa ante el nivel de verosimilitud que alcanzan sus relatos, cuyas imágenes parecerían sacadas, con una precisión irreverente, del universo plástico de los sueños.
Me alegraba encontrar de nuevo esa intención pura de los niños, quienes saben que el cuento debe ser terminado con una exactitud parecida, quizá análoga, a la que usa la mente cuando recuerda nuestros sueños, aun los que terminan de manera abrupta. Pero un hombre que gritaba, tras el muro del edificio donde vivimos, quejándose de dolor, me hizo desechar esta idea.
Cuando era niño tuve que escuchar, en varias ocasiones, el padecimiento de los moribundos que dejaban tirados en la 65 con Naranjal. Qué decir de las bombas que, mensualmente, Pablo Escobar ponía en la esquina de Suramericana, para hacer volar las instalaciones del Banco Ganadero y, con estas, las ventanas de nuestro piso.
Anoche, enhorabuena, el padecimiento del hombre fue rápido. Recé con devoción unas cuántas Salves y Padrenuestros, como la noche anterior había rezado tras oír cuatro disparos en este callejón que, tras el muro de nuestro Edificio, conduce a Makro, Homecenter y Carrefour.
Encendí un Pielroja y preparé otra aguapanela, pero sin limón. Seguía con la mirada a una gruesa bola de humo cuando descubrí a la luna llena que, con una aureola roja, se desocultaba de las nubes en el cielo, en ese baile erótico que suelen entablar en el firmamento (debería llamarse movimiento).
Esto entre la rama del almendro que está sembrado en la jardinera del garaje, y el cual observo desde la pequeña ventana de celosías de mi cuarto, ante el muro del edificio. Donde fluyen los reflejos de las celosías, precisamente, empecé a ver el más fantástico evento que se haya presentado en mis sueños, pero de manera real, dado que podía verlo.
En ellas se cumplía claramente, como en los cuentos de Silvina Ocampo, mi entrañable ficción de contemplar, a un mismo tiempo, el baile de cinco lunas llenas. Ardientes, con su lumbre plateada, sobre el cielo morado y cercado por las montañas de Medellín.
Siendo las nueve sonó una llamada en el Skype, pero no era Juana si no Federico. Lo cual me sorprendió, ya que suponía que Federico aún se encontraba con Diego en Bogotá, de visita donde Jaime y Pablo. Por eso contesté con premura, encontrando su línea como desconectada. Algún error en el sistema, pensé, regresando al humo de mi Pielroja y a la expectación de mis cinco lunas florecidas.
El almendro comenzó a moverse más que nunca, por lo cual me parecía que las ramas entrarían por las celosías, como mis cinco lunas plenas. Un murmullo de pájaros desconocidos me hizo sentir intranquilo.
El Metro, siendo aún temprano, dejó de sonar, y noté que el ruido del tráfico vehicular había menguado considerablemente para un sábado previo a lunes festivo. Las nubes moradas taparon las lunas de las celosías.
Comencé a escuchar sonidos extraños en los pisos de arriba del edificio. Cerré los ojos e intenté dormir, justo en el momento en que tocaron a la puerta de nuestro apartamento. El Ejército, cumpliendo un decreto presidencial, reclutaba a los varones de segunda y tercera línea.
El Ejecutivo había impuesto un riguroso toque de queda, mientras decretaba y ponía en acción una Ley Nacional para experimentar con ciertas Maniobras Aéreas que, desplegadas sobre las selvas y los territorios nacionales, resolverían el control y el orden de La Patria.
De nada valieron mis credenciales de artista, de nada sirvieron las lágrimas de mis padres, mucho menos la explicación de mi enfermedad o de mi pronto viaje a Barcelona. Me dieron un golpe de culata en el cuello, me cortaron la cola de los crespos y me metieron a un camión con los demás reclutas.
A media luz, sin control sobre mi futuro, con los pies sobre aserrín y mierda de caballo, apretado al miedo de hombres despertados de sus camas por decreto, sacados para la guerra del gesto amigo de un brindis de aguardiente, del perfume del vientre de sus esposas, de la risa juguetona de los hijos antes de dormir.
Por eso me sentí mal cuando uno de ellos se abalanzó hacia mí, violentamente.- ¡Enano!, gritó Federico, abrazándome con cariño. Lo aparté para reconocerle y (sólo hasta ahora lo analizo) para demostrarle a mis compañeros que no estaba contento con nuestra suerte, que podía sentirme incluso solidario ante la desgracia colectiva.
Pero Federico insistió en abrazarme duro y en gritar que me había llamado precisamente para que me escapara, que lo agarraron y sacaron del apartamento como los tombos del estadio, que esto era una mierda pero al menos estábamos juntos.
- Y así debemos continuar para protegernos. No sé de dónde me vino responderle, pero el eco de mis palabras se regó a través del silencio de los demás reclutas, confirmando el lazo de hermandad que, obligatoriamente, nos ataba. Y, de alguna manera, sirviendo de bienvenida a los fantasmas de hombres que íbamos en el convoy militar.
Nos conducían hacia el Oriente antioqueño. No cabía duda. Nos dimos cuenta por el clima y el rumbo tomado por el camión. Los antioqueños, sedentarios y endógenos, terminamos por volvernos meteorólogos y topógrafos. Luego incuba el bicho ciego del regionalismo.Desde adentro no podíamos ver nada, pero de repente aparecían las montañas jugosas, jugando con la luna de aureola incandescente que bañaba nuestros rostros de jamelgos resignados. Teníamos hambre y sed. Un hombre se orinó en los pantalones. Lloraba. Nos bajaron en filas hacia el coliseo de un batallón donde nos desnudaron, bañaron, afeitaron el pelo y uniformaron. No tenían insignia para Bolaño, así que mi nombre fue Robledo, mi apellido materno: El Enano Robledo.
La instrucción duró poco, dado el motivo de nuestro reclutamiento. Fundamentada en la repetición excesiva de órdenes militares y demás códigos de seguimiento de órdenes y cumplimiento de objetivos que aprendimos rápidamente, como era de esperarse.Yo, El Enano Robledo, después de recibir varios culatazos me convertí en la mano derecha del Sargento Bernal, quien no tardó en darse cuenta de mis capacidades y comenzó a ponerme a hacer mandados, los cuales llevaba a cabo con premura, trotando, con el único objetivo de llegar agitado, a interrumpirlo en voz alta, para fastidiarlo ante los demás.
Cosa que terminó admirando y elogiando públicamente, luego de darme repetidos culatazos en el cuello. Por esto nos llamó a Federico y a mí para que estuviéramos en el centro mismo de las Maniobras Aéreas.
Nos desplazaron en otros camiones más lindos y confortables, a manera de desfile, por las calles de un pueblo de Antioquia. Allí la gente estaba volcada a lado y lado de las pequeñas vías, entusiasmados, esperando nuestro paso. Sentados en las puertas de sus casas, acuclillados en las aceras, agitaban pequeñas banderitas de los Estados Unidos mientras silbaban, pitaban, hacían sonar matracas, gritaban bendiciones o nos tiraban flores blancas y rojas, disfrutando sus papitas fritas, paletas de mango biche, Coca – Colas, churros, Pop Corn.
Todos tenían pequeñas banderitas de los Estados Unidos, las cuales nos repartieron a nosotros, antes de subir a los camiones, con la obligación de devolverlas. Un grupo de niños persiguieron nuestros camiones hasta el aeropuerto militar. Luego se fueron pateando unas latas de cerveza sobre las calles polvorientas. Yo temblaba de terror, pero Federico me abrazaba de medio lado, como riéndose, mientras agitaba nuestras dos banderitas.
Adentro nos dieron aguapanela con arepa gorda. Y a punto seguido el Sargento Bernal formó las patrullas y dio las instrucciones generales de la operación, frenéticamente, mirando a cada uno de los reclutas y exagerando sus órdenes con esa particular impronta de la (por lo demás: contradictoria e ilógica, propia de las figuras literarias reconocibles como oxímoron), “inteligencia militar”.
Luego nos llamó a Federico y a mí, confiándonos la misión principal de las Maniobras Aéreas. Cuando terminaba de darnos las órdenes se le quebraba la voz, y tenía encharcados los ojos.
Como yo era Licenciado en Filosofía y Letras, me asignaron el pilotaje del F16 No 1 de la Fuerza Aérea. Pero esto no fue tan fácil, ya que primero tuvimos que demostrar que Federico, Publicista creativo y Copy, tenía suficientes conocimientos sobre ciertas rutas selváticas que, como especialista en los cuellos de abeja de Shakespeare y en zonas más bien tórridas, me eran por completo desconocidas.
El Sargento Bernal nos abrazó fuertemente, como el verdadero Padre que era, mostrándonos su cleryman marca Juan XXIII, bajo el cuello camuflado del uniforme. Luego nos dio la bendición y puso a cada uno la medalla de La Virgen del Carmen.
Con movimientos sagaces y astutos, llegado el momento oportuno desplegó dos filas que nos hicieron corte hasta el F16, despidiéndonos con el saludo castrense, la música marcial de las trompetas y las oraciones religiosas previas a una operación de tal envergadura. En el F16 las cosas fueron menos fastuosas, de un minimalismo estético, por no decir místico. El silencio de la cabina, los colores verde oliva, la elegancia de la tecnología norteamericana. Y mis problemas conceptuales con la operación establecida.
Atravesando el cielo morado, volábamos sobre la frondosidad de las selvas iluminados por la luz plateada de la luna, reconociendo en la inmensa geografía colombiana lo que nuestros sofisticados equipos de visión nos ayudaban a atisbar.
Fede sacó su MP4 y pusimos a Tom Waits. Manejar un F16 es algo parecido a estar en una cálida penumbra abrazado a Juana, durante una noche de lluvia tropical. Me refiero a la obligación que sientes de no poder dormirte por verla respirando.
Pasábamos sobre los Andes, posados en el corazón de la tierra sagrada como prehistóricos reptiles Chibchas, durmiendo una siesta semejante a su enormidad. La nieve, delicada, puesta sobre algunos cuernos rascacielos, repartida por el lomo del animal sempiterno. Y la selva inmensurable, abierta en su esplendor para nosotros.
Las Maniobras Aéreas prenderían fuego a las bases rebeldes y los laboratorios de producción, previamente sitiados y ganados por nuestras tropas terrestres.
No tenía nada contra esto, pero me molestaba la acción que particularmente debíamos realizar. Aterrizando en una inmensa pista al interior de la selva, debíamos transportar una carga de 300 toneladas de flores de amapola, recolectadas para la ocasión.
Pero resulta que esta flor maldita es una flor amada por mí, quien nunca olvidaré la novela infantil de “Solomán”, un súper héroe de mi niñez cuyo poder extra ordinario consistía en ser únicamente un hombre. Fue Solomán el único capaz, de todos los súper - héroes contactados en “El salón de la Justicia”, de encontrar una amapola para hacer feliz a una niña. Creo que se llamaba Ángela.
No podíamos dejar que las amapolas tuvieran el triste final de ser extraditadas a los Estados Unidos, como muestra fehaciente de nuestra lucha contra las drogas. - ¿Para qué? Flores desnudas, expuestas ante su narcótico cinismo. Ellas no eran malditas, yo estaba convencido de que en cada mujer había una Ángela que quería recibirlas. Sobre todo en la mía.
Despegando de la pista polvorienta, con nuestra psicodélica y voluminosa carga, fuimos atacados por un grupo de rebeldes. Federico se encargó de bombardear la zona, yo no estaba contento de tener que matar a alguien.
La tensión me hizo perder el dominio del F16 durante unos segundos que bastaron para que nuestra encomienda comenzara a abrirse. Llevábamos las amapolas en una bolsa gigante, a manera de globo aerostático, puesto en la cola del F16 como una gran cola de esas cometas que elevan los niños.
La idea, que antes había surgido a manera de desobediencia civil, resultaba ahora como una solución digna al ataque terrorista. Así se lo di a entender a Federico, quien admiró mis intereses más estéticos que diplomáticos: - Todo sea por el bien de La Patria, respondió.
Nos hicimos los que no escuchábamos las señales de mando, mientras lográbamos nuestros propios objetivos. Federico puso “Welcome to the jungle”, y nos orientamos hacia el Vallé de Aburrá, apenas riéndonos ante los rezos y órdenes que emitía el Sargento Bernal desde el comando.
Llegamos a Medellín a las 5:05:00 de la madrugada. El cielo, aún morado, bajaba hacia la ciudad deslizándose por las verdes montañas que la circundan. Comenzamos a dar vueltas en círculo, observando la luz de la luna que, replegada en el cerro del Padre Amaya, coloreaba de violeta la vigilia de sus habitantes.
Federico fue expulsado de la nave a las 5:05:05, abriendo su paracaídas y dando apertura a nuestra cola de cometa a través de unas ráfagas de fusil. Las primeras bandadas de loras silvestres, quienes salen en su viaje matutino desde el cerro El Volador a esta hora, graznaban más locas que nunca, despertando a la ciudad para contemplar el espectáculo.
Puse el piloto automático rumbo a la base de Tolemaida, y me expulsé. No sin antes reportarle al Sargento Bernal que, siendo las 5:05:55 de la mañana, El Enano Robledo daba por terminadas las Maniobras Aéreas.
Entre las loras verdes y las guacamayas de colores, cayendo entre una lluvia de amapolas sobre Medellín, pensaba en llegar finalmente a ti, Juana, mientras buscaba con mi cuerpo la cancha de fútbol del colegio para aterrizar, como lo habíamos planeado con Federico, quien ya descendía en el San Ignacio para esperarme, antes de ponernos a la fuga.
Nota: El autor declara que lo anterior es una obra de ficción y que no apoya la guerra en Colombia ni en ningún lugar del mundo. También declara respetar al glorioso ejército nacional y a las instituciones de gobierno que componen la estructura burocrática del poder, en nuestra querida República. El gobierno del que hablamos es de fantasía, el F16 forma parte del mundo de fantasía, así como el cigarrillo Pielroja, las amapolas y el Sargento Bernal. Tampoco estoy a la fuga, ni tengo órdenes de captura. El Enano Robledo es, en síntesis, un ser de fantasía. Yo escribo, troto, lavo los platos, le hago mandados a mi mamá, le ayudo a mi papá, quien es Conservador, y me emborracho cada mes, los viernes o sábados. Aclarando lo anterior, anexo la correspondencia recibida de algunos Ministerios, esperando que esto ayude a confirmar mi posición estética, por si no he sabido ilustrarla.
El Autor
“Santafé de Bogotá D.C. Sábado 17 de enero de 2009
Ministerio de asuntos ecuestres y bovinos, investigación linfática y floricultura
A la ciudadanía de la República:
El Ministro de asuntos ecuestres y bovinos, investigación linfática y floricultura, declara a la ciudadanía que los sucesos narrados en el cuento “Maniobras Aéreas”, no se tratan más que de patrañas articuladas por la mente del autor, y que las gentes inteligentes jamás darán validez a hechos que, por lo demás, no representan los valores nacionalistas de nuestro partido, cualquiera que sea, amén. También declaramos que el Sargento Bernal no existe, que la amapola sí es mala, como el tabaco nocivo etcétera…”
“Santafé de Bogotá D.C. Sábado 19 de enero de 2009
Ministerio de Filosofía y Letras
El Ministro de Filosofía y Letras declara que el pensum académico impartido en ninguna de las facultades de la República, capacitará a ninguno de sus estudiantes para ser pilotos de un avión de combate F16, y mucho menos para garrapatear las atrocidades que publicara el Licenciado Bolaño Robledo en su Blogspot, el cual por lo demás es Light y poco serio, por no citar a Kant ni a Hegel ni a Carlos Másmela ni a Lucy Carrillo…”
“Santafé de Bogotá D.C. Sábado 19 de enero de 2009
Ministerio de Amapolas
El Ministro de Amapolas declara no tener nada que ver con el extraño cuento “Maniobras Aéreas”, pero que le ha causado mucha risa…”
* Fotografía de Rosamaría Robledo










7 comentarios:
¡Maestro! Alegría por las ficciones y las lluvías de amapola. ¡Carajo! Quedé con ganas de pilotear un F-16 y aterrizarle al lado a Laura
eeehhh que bueno es leer la mente de un hermano, y ver los videos del road trip que espero algún día compartir con vos y con fili.
un abrazo
Lloré y me cagué de la risa. Te quiero enano
El tiempo nos ha mostrado que la ficción puede dejar de ser lo. Ahora hay un presidente negro, Como Lo fue Morgan Freeman en Deep Impact. Asi que cuidate de los resfríos y tranca bien la puerta en las noches de lunas llenas.
Un Abrazo.
Volver, revolver, exceder de realidad la realidad
De la monotonía del barnizado del piso
Y luego mandarse la pastilla para caer
Por las rendijas del parqué
A jugar con los duendes como Chespirito
mis saludos Silvio.
Entre la ficción y la realidad, está una breve línea invisible. Vaya que está muy buena esta narración en los cambios de escena hasta parece un guión...
Un abrazo y te sigo leyendo
Milagro
Compadre, nada como las imágenes de liviandad en un buen cuento. Seguí por favor tejiendo los ramajes que hacen posible recorrer este país de punta a punta sin tocar el suelo.
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