
"No consiste solo en el hecho de que nos gusta el fútbol y preferimos que venzan los nuestros, no se trata sólo de pasar el tiempo aplaudiendo las buenas jugadas o enfrentando al técnico, criticándolo y mostrando desaprobación si el juego no se da según nuestras expectativas; ser hincha es participar de este YO trascendental que es nuestro equipo de fútbol…"
Alessio Abertini - Capellán de la AC Milán
No pocos escritores aleguetas y profesores lenguaraces encuentran en los excesos de violencia que rodean al fútbol, una apetitosa carne de cañón ante la cual pueden empalmar sus retahílas y escribir como igual lo harán contra cualquier cosa. Pródigos de ignorancia en el movimiento impredecible de las esferas y en el símbolo de la amistad que logras con el gesto de devolverle la pelota a un desconocido, cuando éste se encuentra en posición de gol, precisamente después de haber eludido a un rival para prestarte ayuda en el campo sagrado del juego.
Yo, en tanto aleguetas y lenguaraz, prefiero pensar como este sacerdote hincha del Milán AC, quien considera a la alta popularidad actual del fútbol como una evolución de los seres humanos quienes, jugando, expresan diferentes realidades sociales e históricas. Que no a través de guerras, masacres, suicidios colectivos, instituciones violentas o la escritura de morbosas y vendedoras novelas de violencia urbana. Amén.
Alessio habla de un Yo trascendental que es un equipo de fútbol del cual te haces hincha. Y no exagera. Ni en el contexto milanés ni en el medellinense: ciudades tan pasionales como futboleras.
Acá hace 96 años ya se escuchaba, por Miraflores, a esos muchachos que pateaban unos cueros de vaca que tenían por balón, repitiendo cierta idea un poco extraña: fundar un equipo de football. Se hablaba de referee, corner, golero (por goalkeeper), back derecho, back izquierdo, midfielder, forward. No existían términos castizos. Ni existía el fútbol en Colombia.
Este deporte, que otrora fuera prohibido por la monarquía inglesa y a razón de alimentar la vagabundería en las calles londinenses, llegaba a Medellín menos de medio siglo después, de mano de los jesuitas y, al contrario de Inglaterra, como herramienta de cultura y progreso. Mi abuelito, Silvio Robledo, se enorgullecía de pertenecer a las primeras generaciones del DIM, con quien jugara “en las gloriosos tiempos del sport”, haciendo referencia al espíritu amateur de un equipo de fútbol anterior al profesionalismo.
Mi madre recuerda cómo, años después y escuchando los partidos por la radio, se quejaba con vehemencia de los jugadores marrulleros, que quemaban tiempo ó interrumpían el desarrollo del partido, aunque fueran de El Rojo, pues entendía que era un deporte “de temple”, “para varones”, en el cual se medía la capacidad de lucha de un verdadero jugador, su profesionalismo. Y apunto que el “quemar tiempo” es una bellísima metáfora, propia del argot futbolístico.
Pero es que Silvio Robledo jugó medio tiempo con el codo roto, tras su regreso de la gira en el Perú, a donde fuera con su hermano Iván y donde aprendieron, como siempre, sufriendo. Contaba que le pusieron, como implante, un tendón de canguro amarrado al codo. A sangre fría. Puede que sea cuento. Lo que sí no es cuento es que fueron olímpicos en Cali y el abuelo tuvo que donar, tiempo después, su medalla de oro puro para ser fundida: eran tiempos de guerra. Como tampoco es cuento que al pasar al profesionalismo el DIM supo conservar su espíritu popular, aunándole a ello su temprana búsqueda por estar a la altura de los mejores, de la mano de los peruanos y argentinos que llegaron a llenar de gloria la historia de El Poderoso de la Montaña.
1992, recuerdo. Oscar Pareja, La Pelusa Pérez, el afiche de Malta en la pieza de infancia. Me había hecho hincha de tanto escuchar a Tía Lisinia, mientras planchaba la ropa, hablando del Panelo Valencia. Tía Lisina planchaba y hablaba del DIM. - Pero Tía Lisina, ¡nunca queda campeón! - Mijo, ¿ha visto al Panelo Valencia? Esos sí que son goles. - ¿Y el América? – ¿América?, ¿qué es eso Mijo? ¿Uste dónde está? ¿Tampoco ha oído hablar del Grecco?, ¿Ni del Charro Moreno?, ¿De dónde salió Leonel Álvarez? Y regaba agua en el cuello de la camisa.
- ¡Ni de Omar Orestes Corbatta! No mijo… Marino, Escobar… ¡La Danza del sol! ¿Uste ha visto los colores Mijo?, si viera las banderas. ¿De qué ciudad es pues Mijo? ¡Defínase! Y pasaba la plancha sobre el cuello de la camisa. El afiche de Malta, La Pelusa Pérez, Oscar Pareja. Y yo de pequeño llorando pues tenía once años y no tenía con quién ir al estadio a ver a El Equipo del Pueblo.
Pero al año siguiente fui a verlo durante todo el campeonato, junto a mi amigo Federico, quien aún va conmigo a la cancha. Todo el año fuimos y tuvimos la ingrata sensación de casi ser campeones, esa triste tarde en que San Gambeta lloró en el césped bendito del Atanasio. Recuerdo, 1993. Le ganamos al Club Atlético Nacional. La Flecha Gómez, El Pájaro Juárez, El Ferry Zambrano. Los hinchas del verde, respetuosos y amigos, se quedaron en la cancha para ver nuestro título, compartir la alegría del Pueblo, tan sufrida, tan anhelada. Contentos, al fin y al cabo, por aquellos que conocían y estarían felices con esa estrella antaño tan esquiva para El Rey de corazones. Un viejo tenía la foto del Charro Moreno, salían juntos, era el segundo campeonato. Juro que se parecía al de la foto. Todo el partido nos alentó pidiéndonos la corneta e imitando el acento gaucho de su ídolo. Y cuando perdimos el título, merced al fatídico gol del Atlético Junior en Barranquilla, se enjuagaba las lágrimas y no sabía qué cosa decirnos. – ¡Pibe, pibe, pasá la corneta! ¡La corneta!
Al salir de Oriental, quien sabe si para mitigar el dolor y haciendo uso de nuestro humor característico, propio de aquellas inteligencias que pueden reír para mitigar las desgracias, contemplamos en la fritangas una trompa de marrano bañada por un rayo de luz divino el cual, como chiste, nos inspiró para ponerle de cábala. Jurándonos así que el día en que quedásemos campeones habríamos de comérnosla, aunque deviniéramos vegetarianos, cosa que nunca pasó.
Y me refiero a lo de vegetarianos pues, tras acompañar al equipo durante partidos de mil personas, temporadas de hambre futbolera y holgura en las billeteras de los directivos; asistir desde Oriental al nacimiento de La Rexixtenxia Norte y sentirse acompañado en ella tras el ocaso de La Putería Roja, vimos quedar campeón al DIM y comimos trompa de marrano en las fritangas del estadio, con una poderosa familia, aquella inolvidable noche del 22 de diciembre de 2002, en la cual festejamos la materialización del sentimiento popular, del YO trascendental que nombra el Padre Alessio y del cual puedo hacer uso, en plural, cuando ganamos. Y cuando perdemos.
Hoy tenemos cuatro estrellas y, mientras luchamos por la quinta, celebramos los 95 años del DIM (La Danza del Sol, El Poderoso de la Montaña, El Equipo del Pueblo, El Rey de Corazones), tiempo en el cual se ha forjado esta tradición auténtica y a la cual recurrimos para compartir el rito del juego, el arte de la amistad, el espíritu deportivo y demás tradiciones que rodean a todo gran club de fútbol. Pero en el caso del DIM se trata de un Yo trascendental que le ha dado su hinchada, con un valor agregado, como un distinto espíritu popular: el sentimiento de lucha. La fidelidad, la perseverancia, la entrega. Por ahí dicen que los hinchas de El Rojo somos fieles en el amor, juzgue usted si es diferente.
Silvio José Bolaño Robledo
Al corazón de mi abuelo Silvio Robledo, Midfielder del DIM - 1930
Y a su poderoso codo de canguro










2 comentarios:
Y qué es el América o el Nacional. O los que se dicen Millonarios. para 96 años conquistando al pueblo, al que resiste. Al que aguanta estar abajo aunque la voz de Dios sea la propia. Ay Medallo, la leyenda. La verdadera manera de querer al fútbo.
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