
La cita era en la esquina de Pueyrredón y Anchorena a las diez de la mañana. Andrés Botero, bachiller del mismo colegio de jesuitas en el cual yo había estudiado en Medellín, fue invitado por ciertas instituciones universitarias de Buenos Aires para impartir unas lecciones de Derecho cuyo tema (gracias al inhóspito, quizá absurdo pero contingente curso de los hechos), me ha sido dado desconocer. Egresado no muchos años antes que yo, este joven abogado supo combinar su formación superior con la Licenciatura en Filosofía y Letras (carrera de la cual, por esos golpes continuos del azar, me había graduado en la misma facultad hacía un par de años). Estudios que, merecidamente, vinieron a catapultarlo a los curubitos de la docencia universitaria. Tras haber aprobado su tesis de Doctorado en Europa llegaba al Río de la Plata a compartir sus conocimientos y, enterado por mi padre de que por esos días yo también me encontraba en la Capital Federal, no dudó en contactarme para que nos viéramos esa fría mañana de marzo.
Para llegar a las diez desde Boedo debes tomar el autobús amarillo número 41, a las nueve y media, en Independencia. Lo cual quiere decir, en mi caso, despertarte a las ocho de la mañana. Como me gusta tomar el café de desayuno puse el despertador a las siete y media, sintiéndome orgulloso de poder llegar cumplido a la cita, ejemplo irrebatible de que al fin y al cabo, estaba madurando. Levantarse, hacer el café y un poco de gimnasia, tomar una ducha, fumar un Pielroja y revisar el correo electrónico son actividades rutinarias que no te toman una hora. Esa mañana me tomaron dos escandalosas horas esperando, entre otras, a que se desocupara el baño y a dar por terminado mi segundo café mientras leía las noticias de la fecha (si me extiendo en estas trivialidades, como entenderás a su momento, es con el único motivo de contradecir la improbable antítesis, a saber: Que mi impuntualidad fuera planeada o únicamente la pérfida consecuencia de mi negligencia a encontrarme, en realidad, con Andrés Botero).
Enumeraré rápidamente los sucesos de aquella mañana dando pie al terrible objeto del presente relato: el autobús amarillo número 41 tarda 20 minutos en pasar por Independencia y 40 en dejarme en Larrea, a dos cuadras del punto de encuentro, precisamente a las 10 y 20. Ni rastros de Botero, como era de esperarse. Llamar a su casa, dejar un mensaje en el contestador ofreciendo disculpas por la indelicadeza y tomar el autobús amarillo número 41 de regreso a Boedo no me tardó más de cinco minutos y medio.
No dejé mensajes en su Facebook ni le llamé al día siguiente. Tan sólo a los dos días telefoneé a la casa que arrendaba en Palermo para disculparme e intentar acordar, de ser posible, una nueva entrevista; aún sabiendo que como aplicado alumno jesuita debía haber llegado a las diez en punto, por lo cual era probable que se encontrara disgustado e incluso desengañado ante mi ausencia. Me sorprendió su buen humor al teléfono y lo fácil que nos resultó pactar una nueva cita, el miércoles siguiente, en el mismo lugar. Pero a las diez y media. Desayunaríamos en Havanna, donde podría comentarle de algunos proyectos.
- Me encantan los cafés de Buenos Aires: caminando por la calle Florida te dan ganas de ser Jorge Luis Borges, sentenció ante mis oídos como con un cincel sobre el mármol. Acaté su idea con una risa que - sabrán Botero, Borges y Dios-, cómo pueda ser interpretada en este momento (lo demás podrá ser analizado por cualquiera que tenga por escandaloso vicio o irremediable desdicha la lectura crítica de textos literarios). En todo caso estuve meditando aquella idea y confieso haberme reído con ironía de su romántica ingenuidad como lector e, indiscutiblemente, del anacrónico masoquismo que supone intentar ser, en cualquier momento, Don Jorge Luis Borges. Borges (el histórico, el bibliotecario, el amante, el personaje urbano y apenas visible que era poeta, cuentista, intelectual, de pensamiento político como extraño anarquista de elite) no es un escritor del cual pueda decirse que los pensadores contemporáneos pretenden emular. Mucho menos (considerando la propia metáfora de Don Jorge Luis Borges) proponerse la quijotesca empresa de ser Don Jorge Luis Borges.
Para ser Borges siendo fiel a Borges tendría que comenzar por ignorar las obras verdes de Emecé que heredé de mi abuelito y dedicarme a desarrollar ejercicios de memoria que me ayuden a recordar (que no aprender), el intrincado inglés de Kipling y el árduo latín de Spinoza, para tener luego el magno gesto de olvidarlos. Quemaría y borraría mis poemas y cuentos para dedicarme, con la religiosidad de un relojero o de un fabricante de espejos, a acometer esa indecorosa escritura de sus propios cuentos y poemas. Para lograrlo bastaría con dedicar años a caminar las mismas calles, mirando de reojo los espejos y paseándose nueve horas diarias por los innumerables anaqueles de la Biblioteca Nacional (la cual, si bien no es la misma que Borges dejara, se trata en gran parte de su colección. Eso sólo me podrá ser inferido con validez, en todo caso, si llego a pensar en el valor que como libros en anaqueles tienen todos los libros apilados en los anaqueles de la Biblioteca Nacional). Mejorar el vestir y acuñarse un estilo de vida tan rígido como próvido son hechos consecuentes, como el cargo de Director de la Biblioteca misma y los honrosos premios literarios. Pero conseguir un Bioy Casares, quiero decir un alguien que acometiese (como acometo yo en Borges) la terrible e imposible tarea de ser el fabuloso Bioy Casares, es un hecho tan improbable como necesario. Sin embargo, siendo Andrés Botero el coautor de esta idea (y aunque el propio Botero emprendiera la tarea de ser Borges), podría considerarlo para mí, sólo para mí y con el diabólico objeto de acometer esta bufa escritura, mi propio Bioy Casares. Así al inicio de este cuento enumeraría los libros que he leído en la infancia con una irónica humildad cargada de laconismo. Diría, por ejemplo, que mi lectura total de la Biblia a los seis años fue más provechosa que aquella que acometí a los once; pareciéndome la traducción al inglés más poética que la del alemán de posguerra. Abominaría el espectáculo del fútbol: repudiaría, me asombraría y coquetearía discretamente con el poder de los medios: consideraría que la metafísica es una parte de la ciencia ficción y la ciencia ficción, a su vez, la única posibilidad de la metafísica. Haría pública, como una faceta del miedo y del insomnio, esta aristocrática pasión por las rayas del tigre, los laberintos con minotauro, el álgebra. Contaría la historia como un cuento y los cuentos como parte de una misma historia: magnánima y por ende ontológica, de un solo proyecto de la imaginación. Pensaría que en los textos de Swedenborg y Berkeley cohabita un fundamento metafísico de la poética oriental de Las mil noches y una noche, y todo esto no con el simple objeto de imitar a Borges sino de llegar a ser, consecuentemente, Don Jorge Luis Borges. Abominar los espejos (piénsese en la dificultad de deshacerme del uso de Internet tanto como de cualquier tipo de computadoras) y deplorar la cópula son tareas tan difíciles y extravagantes que me hicieron dejar a un lado esta siniestra acción de imágenes non senses.
El miércoles dos de abril, día feriado en memoria de los crímenes de la dictadura, llegue a la esquina de Pueyrredón y Anchorena a las 10 y 20 de la mañana. La luz del sol caía sobre la banca de la heladería calentando el frío acumulado en la noche. Los árboles otoñales parecen abrazar Pueyrredón, los edificios y este cielo azul de otoño en el cual las ramas carnosas y sus hojas amarillas son envueltas por el humo, también azul, de mis cigarrillos Pielroja. Siendo las once y cinco de la mañana comprendo que Andrés Botero no cumplirá - como tampoco cumplí yo tan sólo unos días antes -, a nuestra cita. Ejemplo irremediable de que somos la misma cosa. Y me ha bastado una fracción de segundo (que para algunos será media hora y para otros seis meses, un año, el tiempo en que el águila se demora en abrir y cerrar los ojos o La Efigie en enumerar su desdichado enigma), para darme cuenta que, de alguna espantosa manera, tanto Andrés Botero como yo, Silvio Bolaño, también éramos Borges.
Para Andrés Botero (o Jorge Luis Borges)
Silvio Bolaño Robledo
Un siglo de Borges:
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/borges/usb/lugares.htm










1 comentarios:
Pues la idea era revisar solamente FaceBook y los correos rutinarios, pero se me fue el rato leyendo la vaina. Delicia!
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