viernes 29 de agosto de 2008

Como estrellas de Hollywood


A propósito de la sensura y el Festival Internacional de Poesía de Medellín

El poeta mayor I

Con su mirada de venado insatisfecho, labios sensuales, hombros anchos y escurridos, jersey negro y vigoroso afro blanco tras la testa tranquila (algo alopécica), el escritor galo de 78 años Bernard Noël pasó por la alfombra roja del XVIII Festival Internacional de Poesía de Prometeo, en Medellín.

Escritor polifacético (e incluso actor en películas de época ), ha publicado un centenar de textos sin contar con títulos universitarios ni haber ejercido como docente, oscilando del ensayo a la crítica social y de la novela contracultural al guión de ópera. Y esto sin haber descuidado, como si fuera tan fácil, ahondar por el desasosiego lingüístico del monólogo y el hermetismo conceptual del poema ontológico.

Controversial, critica a los medios y a la academia logrando influenciarlos a ambos. Se le reconoce, por ejemplo, el haber inventado la palabra sensure, definida como privación de sentido. Privación más aguda que la censura en tanto es una castración mental impuesta al hombre a través de los medios de comunicación para inhibirlo y prohibirle pensar por su cuenta.

Y es que aunque presida la Bienal Internacional de Poetas de Val-de-Marne, Francia, no le gusta el efecto mediático de ser llamado poeta sino escritor. Este sí es un oficio creíble pues, como nos lo aclaró felizmente en el Museo de Antioquia: - “no se puede ser poeta todo el tiempo”. Su labor literaria está ligada de una u otra forma a autores como Mallarmé, Barthes, Severo Sarduy, Bataille, Artaud y Sartre. Su obra le ha merecido los reconocimientos de ser incluido en la Antología de poetas franceses contemporáneos (2005), condecorado con el Premio Nacional de Poesía de Francia (1992), el Premio Max Jacobs (2005) y tal parece que con ser invitado a participar del XVIII Festival Internacional de Prometeo.



Golpe de teatro. 1era escena (Thriller)

Año tras año son llevados después de almuerzo y en dos vetustos autobuses de colegio (para 40 personas, según las estadísticas), los poetas y poetastros invitados a la inauguración del Festival de Prometeo. Ochenta, noventa almas, quizá. Y ese olor a latón recalentado, a ACPM, ron, t – shirts, sandalia veraniega, whiskey, chaqueta europea, jícaras, vaqueros, gorros beduinos, burkas, capas, báculos, tabaco negro y anís. Los hacen apoltronarse, sin misericordia, en sillas Rimax ante un inolvidable público que como poetas nunca volverán a tener (de unas 600 personas, según las estadísticas), en el selvático teatro al aire libre Carlos Vieco del Cerro Nutibara, durante más de cuatro horas. Los hidratan con agua mineral o gasificada. Nada más. Todo espiritual. Ni papitas para el tedio. Ni una revista de Condorito. Una arenga contra la guerra en Nepal. A ellos les quedarán el humo y la palabra. Al fin y al cabo. Puños al cielo. Y muchas palabras. Lo más espeluznante es que en esta sesión la mayoría de poetas no leerán sus versos.



El poeta mayor II

Había tenido el honor de leer al poeta africano Corsino Fortes en el Festival de 2007. O sea el XVII. Este gran hombre de 86 años (vegetariano, líder de la independencia de Cabo Verde ante Portugal, abogado, pacifista, abuelo, padre y esposo), publicado por la BBC de Londres en una colección de 100 poetas contemporáneos (mago y místico autodidacta, bailarín espontáneo, Ex Vicepresidente de su país y Presidente de su Agencia Nacional de Seguros), padeció ante mí por cosas imperdonables como el descuido en su dieta sana, qué decir de la desinformación y la desorganización en las lecturas. Pequeñas cosas para un evento que aspira darle la paz a Colombia: Enormes para quien se lleva una parte importante del Producto Interno Bruto (PIB) en el área de literatura y cultura.

Porque el trato a los poetas no tiene valor ante las impredecibles y e x t r a o r d i n a r i a s imágenes que se les brindan (sobretodo a los extranjeros, acostumbrados a escenarios con públicos de intelectuales y diletantes de entre 15 a 30 personas, según las estadísticas), impredecibles y e x t r a o r d i n a r i a s imágenes del Carlos Vieco abarrotado por un jet – set poético y cultural: farándula de bolsa negra y vino tinto que, como sacándose los piojos mentales, acude para escuchar poesía y salvar así una vez al año su alma bohemia del tedio de la sensura (impuesta al pensamiento, al fin y al cabo, por una retórica de la imagen): ¡Qué decir de las filas repletas de entusiastas recolectando autógrafos de aquellos seres extraños, verdes y gelatinosos que nos visitan cada año y pueden llamarse poetas (mientras suena de fondo una arenga contra el capitalismo)!



Golpe de teatro. Segunda escena (comedy)

Y yo que no quería volver a ser lector para el Festival me encontré ante 500 personas (según las estadísticas), con tres poemas herméticos de “El Jardín de tinta” del mismísimo Bernard Noël. Y a Noël (el cineasta, el novelista a quien alguna vez defendiera el propio Sartre de la censura y, al fin y al cabo, quien nos está alertando de esa otra sensura, de la terrible imposición posmoderna que nos impide sentipensar), en el atril de enfrente con la quijotesca misión de recrear la magia del ahora de sus versos ante las barras autómatas de la poesía de Medellín que, convencidas de que se encuentran en un entreverado Hollywood, se reúnen para decir que hacen la paz de Colombia y no un Festival Internacional de Poesía.
Y si no quería leer era precisamente porque Oscar Wilde hace mucho nos enseñó que el arte debe ser completamente inútil. Y la vida de Fernando Pessoa que un poema no se aplaude como gesto de estornudo. Finalmente Lezama Lima nos explicó de qué manera debíamos devolverle al poema, como al cuerpo, su perdida dignidad. Tampoco quería leer por una cuestión talvez banal para quien puede dejar de trabajar por él y su familia para dedicarse a su utopía de cambiar al mundo: el Festival no paga a tiempo las lecturas.

Un intercambio de correos electrónicos me llevó a leer, sin embargo, a Bernard Noël: convencido falazmente por el Director de que aceptaban opiniones divergentes entre los poetas colombianos. Y esto tras ser alertado por mí de que no entregaría mi posición estética. Fue así que acepté leer al monstruo francés, con quien discutimos, entre otras cosas, sobre la dignidad de la poesía.

Dos imágenes antes de cerrar el telón: Bernard Nöel en la Biblioteca de la Alpujarra oponiéndose a que la presentadora de turno quebrara el protocolo anunciado y negándose a leer (ante la confusión de un maleducado público y la risa nerviosa de la intérprete), durante unas segunda y tercera rondas improvisadas por la dueña del micrófono de turno. Y una frase que me aplastara tras la lectura de los tres poemas con los cuales finalizamos el recital de la Universidad de Antioquia: Cuando, pálido por el pánico escénico tras leerle a 400 universitarios (según las estadísticas), me recuesto en la pared lateral del escenario y escucho a la cofundadora del Festival darle clausura a la sesión y acercarse luego al lado del telón (donde me encuentro pasando ese vacío inmenso que da leer cualquier poemita en público), diciendo a viva voz y con la ironía de esa señora entrada en edad que se burla de una muchacha linda cuando recibe piropos impúdicos en la calle, tras ver cómo las filas de asistentes se formaban para pedirles autógrafos a sus poetas invitados: “Hmmmm: ¡Como estrellas de Hollywood!...”

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